miércoles, 30 de abril de 2014

CAPÍTULO XXVI

XXVI 



   Desde que conocí la asignatura de Filosofía, en la época del instituto, no paré de filosofar sobre todo . La mayoría de las veces eran grandes tonterías, aunque quizás no eran cosas tan banales, mi percepción sobre lo que realmente importa, es un poco especial. Y cómo punto final, voy a    marcarme una filosofada.  


   Indefectiblemente,  llega un momento que pasamos un tercio del día en el trabajo. Al cabo del tiempo, eso representa, una importante parte de nuestra vida, por ello es de vital importancia  , que algo que hacemos a diario, nos sea cómo mínimo entretenido, y si además realmente nos gusta, influirá de una importante manera en nuestro estado de ánimo, haciéndonos sentir bien con nosotros mismos. Es una premisa por la que siempre me he guiado en diferentes aspectos de mi vida. De hecho eso me ayudó a conseguir el puesto de único repartidor para Eva Española, en detrimento de Juan, que llevaba en la empresa muchos años. Y es que le faltaba pasión, cosa que a mí me sobraba . No tenía que estar metido cada día en el mismo sitio , con las mismas personas, haciendo siempre lo mismo, almorzando en el mismo bar, y …Siempre había detestado “los mismos”. Repartiendo me libraba de todo eso; nadie me controlaba, podía pararme cuando y donde quisiera (en Cataluña hay cantidad de parajes y pueblos realmente bonitos ), escuchando música todo el tiempo, que es una de mis debilidades.


   En las peluquerías, además de la jefa, solían haber una o dos ayudantes, que normalmente eran chicas jovencitas. La clientela estaba formada por un amplio abanico de féminas, que iba desde chicas 
de 15 años, hasta maduritas de 50. 


  No voy a negar que en mi día a día existía algo de desmadre, pero siempre una vez acabado el reparto.  Era muy consciente que sólo estaba yo cómo repartidor, y no podía faltar por tonterías, de hecho no recuerdo haber cogido nunca la baja. Y es que , con las peluqueras mantenía una relación, que iba más allá de lo estrictamente laboral, ya que con la mayoría había muy buen rollo de por medio. Sabía que algunas compraban, no debido a la insistencia de los comerciales, si no porque realmente lo necesitaban para trabajar aquella semana. Por otra parte me apetecía demostrar que Manel no se había equivocado apostando por mí, a sabiendas que era un chico algo desmadrado. Creo saber, aunque no lo pienso contar, el motivo por el que fui elegido en detrimento de Juan, a pesar de los muchos años que éste llevaba en Eva.


  Y llegó el 29 de Abril de 1997, el día que Barbi cumplía 25 años, por supuesto quedamos por la noche, para celebrarlo. No pudo escaquearse de Silvia,  no me caía demasiado bien, por lo que tuvimos que salir de marcha los tres, muy a mi pesar. Aún así la celebración se alargó algo más allá de las 5 de la mañana, que fue cuando los llevé a casa. Era un poco pronto para ir al trabajo, y demasiado tarde para acostarme, así que decidí pasarne por las Torres de Ávila, donde trabajaba cómo camarera-tía buena, María José. Cuando cerraron me fui hacia Manresa, donde tenía que cargar. Pero no llegué a mi destino. Me desperté 5 meses después en el Asepeyo. Los médicos dijeron que iba a quedar semi-vegetal, toda la vida postrado en una cama. Mis ganas de vivir me proporcionaron la fuerza suficiente para dejar en entredicho los pronósticos médicos, y pasar página; pero eso ya es otra historia …   



       





  

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